Francisco Muñoz Escalona / Removiendo las aguas

Francisco Muñoz Escalona / Removiendo las aguas (102)

Foto de Francisco Muñoz
Durante los días 26 y 27 de junio, la Escuela Universitaria de Turismo de Zaragoza (ETUZ) celebró su primer congreso internacional (CITUZ 2014) conmemorando así su medio siglo dedicados a la formación de profesionales. El Comité Organizador, dirigido por la profesora Pilar Góez, tuvo la gentileza de invitarme a asistir. Acepté la invitación y decidí presentar una comunicación libre cuyo título es el mismo que lleva este post la cual fue evaluada positivamente por una plataforma internacional especializada.

Ignoro si los organizadores estaban informados de mi pensamiento crítico pero si lo estaban dieron una muestra de apertura a las nuevas ideas digna de encomio. Lo mismo puedo decir de los dos evaluadores anónimos cuyos comentarios elogiosos denotan la ausencia de esa contaminación dogmática y endogámica en la que suelen caer los turisperitos si es que lo son, que posiblemente no lo sean.

El resumen de la comunicación reza así: Uno de los tópicos más frecuentes en la literatura fue, durante largos años, la cuestión de qué es el turismo. A mediados del siglo pasado, el suizo Kurt Krapf calificó la cuestión como inquietante. Dado que no se alcanzó una solución medianamente aceptable, la turispericia decidió posponerla sine die. El autor la retoma ante el convencimiento de que la cuestión sigue viva, aunque soterrada: por comodidad, por inepcia o porque interesa que lo esté.

La era del relativismo, que por fin parece encontrase en vías de superación, admite que la molesta cuestión será resuelta sin proponérselo, que basta hacer trabajos de campo para que cualquier día se consiga. La especulación teórica queda desprestigiada y sustituida por el empirismo a ultranza. Después de pasar revista a los diversos significados de turismo por medio de la exposición de sus edades y pasar revista a su imparable proceso de expansión, la ponencia ofrece una salida.

Una salida que, obligadamente, ha de consistir en hallar un único significado de turismo: claro, objetivo, preciso y diáfano, como gustaba decir Michele Troisi (1940). Con él, si prospera, la investigación podría llevarse a cabo en un marco definido y acorde con la lógica de la investigación científica. Las seis palabras clave son las siguientes: Turismo, polisemia, conocimiento, intereses, ventajas, desventajas. Como lema de entrada figura la siguiente frase de Jean François Revel: Se debe evitar tener en cuenta una verdad que se conoce muy bien porque redundaría contra el propio interés si se sacaran las consecuencias de la misma. Cuando acabé la exposición añadí dos frases que hacen hincapié en la misma idea. Son estas: La mentira que nos ennoblece es mejor que las tinieblas de la humilde verdad. El error es un factor esencial en el statu quo y la verdad es un peligro para su permanencia.

 

Con las tres frases aludo a que, tanto en la literatura del turismo como en la política, por no citar otros campos, coexiste la búsqueda de la verdad  en teoría con su velado incumplimiento en la práctica. Porque la mentira y el error tienen la inconfesada ventaja de galvanizar intereses y privilegios cuya defensa y permanencia corren serios peligros de terminar acabando si fueran combatidos para erradicarlos.

La comunicación parte de la evolución secular de los diferentes significados del turismo desde los más elementales, en el seno de la economía y la sociología, hasta los más sofisticados como la primera industria del mundo, la industria transversal, la industria que está del lado de la humanidad, el mejor medio para conseguir la paz entre los pueblos o el más eficaz motor para conseguir el desarrollo de los países desfavorecidos. Todo ello se puede mantener gracias a una doctrina que se ha ido formando por aluvión y que, en vista de que ella misma cae en la confusión conceptual se ve en la necesidad de sostener que la materia es tan compleja que su conocimiento exige un tratamiento multidisciplinario.

Frente a la visión subjetiva y confusa, propia de la doctrina convencional, el autor propone una visión objetiva y clara, gracias a la cual la polisemia, con sus aparentes ventajas y sus indudables inconvenientes, queda superada partiendo de la evidencia de que el turismo no es otra cosa que un producto como cualquier otro, en este caso un servicio fabricado con otros servicios. Producto que se materializa en lo que consumen los turistas, en un programa de visita. Por ello, a modo de conclusión, se postula que la doctrina convencional ofrece ventajas propagandísticas evidentes pero que chocan con un obstáculo: la búsqueda de la solución.

 

Foto de Francisco Muñoz
El estudio sistemático del turismo es relativamente reciente ya que sus orígenes datan de finales del siglo XIX. Aunque fue en el siglo XX cuando principió a ser tratado por los centros universitarios centroeuropeos (Suiza, Alemania, Austria…). Los primeros rudimentos de la materia se centraron en dos ejes: la noción de turista y la empresa hotelera. La noción de turista se tomó de los hablantes y la atención casi exclusiva a la hotelería se debió a que sus servicios se consideraron imprescindibles.

 

Ambos elementos se convirtieron en el objeto central de investigación desde entonces hasta hoy aunque con el paso de los años se fue ampliando hasta precipitar en un corpus disciplinario formado por un aluvión de aspectos, a veces inconexos, que toman prestadas nociones de la economía y de la sociología e incluso de la geografía para intentar diferenciarse y así aspirar a ser una ciencia social autónoma sin posibilidades de serlo.

 

El proceso de conformación de la doctrina convencional del turismo durante algo más de un siglo que viene produciéndose explica muy claramente su contenido así como sus peculiaridades. Los llamados padres del turismo, los economistas suizos Walter Hunziker y Kurt Krapf (1942) sostuvieron que la disciplina se encuentra entre la sociología y la economía, pero más cerca de la primera que de la segunda, porque, para ellos y sus seguidores, el núcleo central de la misma no es otro que el hombre. El turismo es la industria que está del lado del hombre, el agente al que se dio en llamar turista, el cual no es otra cosa que un sujeto que siente numerosas necesidades y consume una gran cantidad de bienes y servicios.

 

El turista es un consumidor, jamás un productor es uno de los mantras que los suizos citados repitieron hasta la saciedad, aunque les habría bastado con decir que turista es el que sale de vacaciones. Estudiar tal agente fue y sigue siendo la tarea hegemónica de la investigación, pero como tal consumidor el turista es un demandante que dedica parte de su renta a adquirir todo aquello que necesita y que ofrece el mercado. Por ello, de la sociología se pasó casi imperceptiblemente a la economía, pero sin dejar de permanecer radicalmente en la sociología por su enfoque subjetivo. Este peculiar proceder lleva a los investigadores a elaborar un corpus teórico harto peculiar según el cual todos los productos que existen podrían ser objeto de estudio por ellos, pero como eso implicaría una tarea ímproba, subrepticiamente la simplifican seleccionando los productos que se han puesto de acuerdo implícitamente en considerar que son esenciales para los turistas. Primero fue el conjunto de servicios que incluyeron en la oferta turística básica, pero poco a poco ese conjunto se fue ampliando con configurar lo que llamaron oferta turística complementaria.

 

A la postre, con la llegada de los especialistas en marketing se popularizó el término producto turístico, un genérico que no se logra identificar ya que el enfoque desde el sujeto lleva a un confuso y heterogéneo agregado de productos. No es pues de extrañar que se haya terminado por ver el turismo como una realidad sumamente compleja hasta el punto de que se sostiene que su investigación tiene necesariamente que ser multidisciplinaria. La turispericia no ha caído en la cuenta de que la supuesta complejidad del turismo no es consustancial a él sino una consecuencia de un planteamiento erróneo.

  

La alternativa a este corpus teórico del turismo que se ha ido formando por aluvión no puede ser otra que un drástico cambio del enfoque centrado en el sujeto al que llamamos turista (sociológico) al enfoque propio de la economía, el cual, partiendo de las necesidades de los consumidores se centra en las actividades productivas que las satisfacen.. El turista no es en realidad otra cosas que un consumidor desplazado de su residencia habitual. Si decide desplazarse es porque lo necesita. Necesita consumir bienes y servicios que no se encuentran en su entorno sino fuera de él. Pero antes de llevar a cabo el desplazamiento siente una necesita previa: tener un plan de desplazamiento, un desplazamiento que será circular porque el turista es un ser sedentario que solo sale para volver. El plan de desplazamiento consiste en identificar el lugar o lugares a los que se desplazará (destino), los bienes y servicios que adquirirá (incentivadores), hospitalarios). En definitiva, todas las anomalías y complejidades de la doctrina convencional desaparecerían si llamáramos turista a quien elabora o adquiere un plan de desplazamiento circular, producto turístico al plan de desplazamiento y empresas turísticas a las que elaboran o producen esos planes de desplazamiento circular.

 

 

Coda: El enfoque de oferta (microeconómico) no se presenta como único o exclusivo. El enfoque de demanda (sociológico) es necesario siempre que elimine sus veleidades economicistas y se ocupe de las relaciones interpersonales. Lo mismo podemos decir de la aplicación de la geografía siempre que haga lo mismo y se centre en las pautas de ocupación del territorio.

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(1) Introducción a la ponencia que el autor preparó para presentar en el V Congreso de Turismo, Hotelería y Medio Ambiente de. Latacumba, Ecuador, julio 2014

Foto de Francisco Muñoz Escalona
Los estudios consultados reconocen que la cultura rapanui ha sufrido importantes pérdidas, muchas de ellas irrecuperables, como consecuencia de las continuas e intensas penetraciones de elementos internacionales de diversa índole, entre las que hay que citar los occidentales y tahitianos en una mezcolanza que hoy por hoy es cualquier cosa menos autóctona y sostenible.

 

¿Turismo en Rapa Nui? Sí, por qué no, a pesar de que la localización de la isla a tanta distancia de las zonas más habitadas y desarrolladas del mundo, no parece propicia a hacer del turismo la base de su economía. Si se quieren invocar los principios del desarrollo sostenible, como se está haciendo, ha de hacerse honestamente, no de un modo retórico y propagandístico, es decir, falso y engañoso. Lo primero es lo primero, y lo primero en este como en casos similares es recuperar el medio físico destruido por el expolio secular, recomponer documentada y escrupulosamente, la cultura autóctona erosionada por la aculturación y, sobre todo, establecer la preferencia férrea de la sociedad local en la prestación de servicios y en la explotación de los negocios del entramado productivo de la isla. Solo después debería de acometerse una política orientada a la llegada de visitantes, huyendo de una masificación que por otra parte no es posible por la distancia, que estén dispuestos a consumir programas de visita producidos en la Isla que sean acordes con el respeto escrupuloso a las tres dimensiones del medio ambiente, en este caso, la recuperación de los recursos físicos, la reinvención de las señas de identidad de la cultura autóctona y el mejoramiento progresivo del nivel de vida de los residentes. ¿Cumplirán los turoperadores estas tres exigencias básicas?

 

Termino mi exposición con la noticia que daba Marta Moreira a mediados de marzo de 2014 en un diario valenciano con este titular: Paul G. Bahn: “Los españoles fueron clave en la escritura de la Isla de Pascua. Lo que sigue es la transcripción de tan interesante reportaje:

 

Dice la leyenda que los primeros humanos que hollaron la Isla de Pascua fueron un grupo de polinesios movidos por la visión de un hombre al que se le apareció en sueños una tierra prometida en mitad del Pacífico. Esta es solo una de las fabulaciones con las que se ha tratado de dar respuesta a las incógnitas que encierra esta ínsula de apenas 160 kilómetros cuadrados. La misteriosa Rapa Nui.

 

«Fue un éxito entre un millón de intentos fallidos, porque la isla es casi imposible de encontrar», explica a ABC Paul G. Bahn, arqueólogo experto en la Isla de Pascua, durante una reciente visita a Valencia.

 

-¿Se sabe cuándo se produjo ese primer desembarco? Todo apunta a que en torno al año 700. El interés de los polinesios por descubrir tierras desconocidas estaba motivado en gran medida por los frecuentes conflictos internos, o cuando los hijos menores de un rey necesitaban encontrar otros territorios. Llevaban su modo de vida con ellos en el barco (semillas, animales). Cuando llegaban a una isla nueva empezaban a cortar árboles para dejar sitio a las cosechas y a explotar todos los recursos locales.

 

-Digamos que, en este caso, los responsables de la destrucción del ecosistema fueron los propios nativos. Lo tenemos claro, pero ahora han surgido una serie de investigadores que preconizan que los causantes de estos problemas fueron los europeos. Obviamente los exploradores que llegaron a partir del siglo XVIII cometieron muchos errores, pero tenemos pruebas de que se encontraron una tierra previamente devastada.

 

-¿Cómo afectó este daño ecológico a la población? Tuvo pésimas consecuencias, porque al no haber árboles los cultivos estaban muy expuestos a los elementos, y la comida empezó a escasear. A esto se suma que la población crecía progresivamente. De las pocas docenas que llegarían en canoa, algunos piensan que llegaron a sumar en algún momento 10.000 personas. Sin embargo, cuando llegaron los holandeses en 1722 solo había unos 2.000 habitantes. Algo pasó entre medias. Mi colega John Flenley ha hallado evidencias de grandes destrozos en la vegetación de la isla ya en el año 1000. Sabemos a través de la tradición oral, y por la gran cantidad de armas que se han encontrado, que hubo guerras internas, probablemente debidas a la presión por la escasez de comida.

 

-Llama la atención que fuera una civilización sofisticada en tantos sentidos, pero incapaz de darse cuenta de que estaban acabando con sus medios de subsistencia. Vieron desaparecer desde lo alto de la isla los bosques, y no hicieron nada.

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-Eran una civilización fantástica. A pesar de vivir en una era neolítica -no tenían metal. Consiguieron desarrollar una tecnología sin igual en la época. Al mismo tiempo, pensaban que la isla era el mundo entero, y es extraño que a pesar de que desde el punto más alto de la isla veían cómo el bosque desaparecía poco a poco, no hicieran nada para evitarlo. Esa es la lección que tenemos que aprender, que también pensamos que somos los únicos seres vivos de la galaxia, vemos cómo nuestra población no deja de crecer, y aun así destrozamos el planeta.

 

-La Isla de Pascua ha sido objeto de muchas teorías esotéricas. Se ha elucubrado mucho acerca del significado de los moais.

 

-En parte es lógico porque es uno de los lugares más misteriosos del mundo desde el punto de vista arqueológico. Otra cosa es que haya gente que asegure que la isla estuvo habitada por extraterrestres porque la piedra de los moais es tan dura que solo pudo cortarse con láser, cuando de hecho es bastante blanda porque es de origen volcánico. También se ha dicho que los moais se trasladaban con un sistema antigravitatorio (ríe).

 

-¿Por qué unas miran al océano y otras al interior? -Mucha gente tiene la imagen de los moais como una serie de cabezas mirando al océano, pero esas son las que iban almacenándose conforme salían de la cantera. La realidad es que todas se tallaban de cuerpo entero y eran transportadas -mediante raíles construidos con troncos o por el mar- para colocarse en altares y mirando hacia el interior, como protegiendo la isla del exterior desconocido. Cada una tenía un nombre y representaba a un antepasado.

 

-Los exploradores se llevaron algunos moais de la isla, ¿no es así? -Muy pocos dejaron la isla, de los más de mil que llegaron a construirse. Las que sí salieron por cientos fueron pequeñas figuras de madera, que hoy se conservan en museos y colecciones privadas.

 

-Cincuenta años después de la llegada de los primeros exploradores europeos (el barco capitaneado por el holandés Jacob Roggeveen, en 1722), arribó a la isla la expedición de Felipe González de Ahedo, súbdito de Carlos III. ¿Cuál fue la aportación española a la isla? Los españoles les enseñaron el primer documento escrito. Fue una visita corta, pero muy importante, realizaron el primer estudio cartográfico de la isla. También se piensa que tuvieron un papel clave en el desarrollo del rongo rongo, que es una escritura única en el mundo. González trató de tomar posesión de la isla, a la que llamó San Carlos, e hizo al jefe de la tribu firmar un documento. Creemos que esa fue la primera vez que los aborígenes vieron información plasmada en un papel, y que eso les dio la idea de desarrollar una escritura propia. No podemos demostrarlo, pero creemos que es así porque hasta la llegada de los misioneros en el siglo XIX, nadie oyó hablar del rongo rongo.

 

Y todavía hay quien vive en la Tierra como si esta fuera inagotable. La expoliación de Rapa Nui muestra el camino que no se ha de recorrer a escala local, un camino que llevaría a la expoliación irreversible de todo el planeta.

 

Foto de Francisco Muñoz Escalona
La población autóctona de la isla en el momento de su “descubrimiento” era de unos 3.000 habitantes agrupados en diferentes tribus. Como consecuencia del pernicioso manejo de suelos que introdujeron los europeos, la población aborigen quedó reducida medio siglo después a poco más de 150 nativos. Seguir hablando de cultura pascuense es simple y llanamente una referencia vacía. La cultura que se había desarrollado durante los trece siglos de su independencia empezó a desaparecer sin posible remisión desde 1722.

 

 

 

Rapa Nui está situada en la zona más oriental del archipiélago polinésico, a 3.760 kilómetros de distancia del puerto chileno de Calderas, a 27º 9’ de L. S. y 109º 27’ de L. O. Tiene forma triangular y una superficie de 166,3 Km2, menos que muchos municipios españoles. Los lados del triángulo tienen 24, 17 y 16 km., respectivamente. La anchura máxima es de unos 12 km. en la parte central. Su suelo es de origen volcánico. Presenta pequeños valles de cierta fertilidad en los que antaño había bosques y hoy solo queda una rala vegetación herbácea. Los valles están bordeados de considerables alturas rocosas con viejos volcanes apagados en cuya cima se encuentran cráteres profundos de hasta mil metros de diámetro. Las pendientes son pronunciadas, tanto que superan en ciertos casos el 40%. Esta característica unida a la deforestación sufrida durante más de un siglo por la sobreexplotación ganadera y la quema generalizada de pastizales ha provocado graves procesos de erosión por lluvia y viento.

 

 

Las costas son rocosas aunque las del este y del oeste son algo más hundidas y permiten desembarcar. El único puerto existente es el de Hanga Roa, también conocido como de Cook, en el que existe un pequeño caserío. También hay que resaltar la caleta de Hanga Piko, próxima al antiguo caserío de Mataveri, así como las de La Perouse, Anakena y Vahioa.

 

 

 

El clima de Rapa Nui es de tipo marítimo subtropical, similar al de la isla portuguesa de Madeira, cálido y húmedo, con una marcada estación seca de noviembre a marzo y otra de lluvias. En Rapa Nui existen pocas explotaciones agrícolas o ganaderas pero se cultivan productos como la caña azucarera, las batatas o camotes, los plátanos, los agrios y algunas frutas tropicales. Ya no existen explotaciones ganaderas porque después de la esquilmación sufrida años atrás ya no quedan pastizales. Sin embargo aun se cría algún ganado.

 

  

El agua dulce no es abundante, aunque existen reservas subterráneas que se extraen por medio de pozos. El agua es un recurso no solo escaso sino también un factor claramente limitante de las actividades consuntivas y productivas en Rapa Nui.

 

  

Las especies de flora y fauna son escasas, como corresponde al carácter que la isla tiene de ecosistema terrestre simple y cerrado, con pobres endemismos y limitado número de especies. Todo lo contrario hay que decir de su entorno marino, por lo que Rapa Nui tiene gran interés científico y recreativo. Sus aguas son muy transparentes y hay abundantes arrecifes coralinos, lo que las hace idóneas para la práctica del buceo.

 

  

Singular importancia tienen las enigmáticas estatuas de gran tamaño talladas en lava traquítica gris por los nativos con cinceles de piedra de especial dureza. De estas estatuas se han encontrado unas 550, 40 dentro de un cráter y las demás en terreno abierto. Solo una se encuentra situada en su pedestal. Las demás estaban sin levantar cuando se encontraron, semiterminadas o solo en los comienzos de la talla. Todo hace pensar en una interrupción violenta de la vida ordinaria de los isleños como consecuencia de una gran erupción volcánica. Poco se sabe de la cultura de la isla, pero se cree que estas grandes estatuas son monumentos elevados en honor de los jefes después de muertos.

 

  

Especial relieve tienen las técnicas de construcción originales de la isla, edificios de gran tamaño hechos con muros perimetrales de gran espesor en mampostería. En general, puede decirse que Rapa Nui presenta una de las reservas arqueológicas más ricas de Polinesia con unos nueve mil sitios de interés (viviendas, granjas, centros religiosos, canteras, cavernas, etc.) repartidos por un territorio de escasa extensión superficial lo que convierte a la isla en una de las más densas del mundo en este aspecto.

 

  

Los nativos de Rapa Nui son de raza malayo-polinésica, afirmación que se basa en datos procedentes de su idioma, rasgos físicos, artes, costumbres, etc. El proceso sufrido desde 1722 ha provocado impactos no solo en el medio físico sino también en el institucional, cultural e incluso en el étnico como consecuencia del intenso mestizaje que ha tenido lugar. Los conocimientos que tenemos de la cultura de los isleños son aun escasos, lo que, además de lamentable, constituye un reto apasionante al que habrá que hacer frente en el futuro, máxime si tenemos en cuenta que el proceso de aculturación ha sido tan profundo como diverso.

 

 

Como ya se ha dicho, la enorme distancia a la que se encuentra la Isla de Pascual de los países ricos y poblados no la preservó de la expoliación una vez que tuvo lugar la revolución de los transportes a partir del siglo XVIII. Sufrió los embates de la explotación inmisericorde de sus limitados pero valiosos recursos. Las avanzadas técnicas actuales del transporte han acercado peligrosamente los despojos que aun quedan después de dos siglos de saqueo, despojos que son hoy altamente valorados por los turoperadores americanos y europeos porque, como es sabido, la curiosidad del género humano no tiene límites como está demostrando el incontenible deseo de conocer los estragos causados por el tsunami en el sureste asiático, que han pasado ya a ser considerados como incentivación turística.

 

  

El gobierno chileno puso en marcha hace unos años un plan estratégico de acondicionamiento turístico de la Isla bajo el pretexto de llevar a cabo la recuperación de sus recursos con, siguiendo la última moda, criterios de sostenibilidad. Pero es evidente que por mucho que se consiga recuperar, el daño causado ha sido tan profundo que poco podrá conseguir, sobre todo si se atiene, como parece que está ocurriendo, a las exigencias implacables de los turoperadores internacionales. Como muestra basta leer los textos propagandísticos orientados a la captación de turistas:

 

  

“Empresarios que orgullosamente desean compartir y demostrar la cultura del lugar más aislado del mundo. Su objetivo principal es la hospitalidad de su gente y compartir con sus huéspedes, interiorizándolos en la cultura viva de la isla”  ¿Cómo calificar este párrafo si no hay cultura del lugar ni viva ni muerta ya que no hay más que una menguada población  originaria y aun esta mestiza? Hay, sí, una oferta de servicios de alojamiento y de restauración en cabañas y hoteles construidos imitando el estilo de polinésico tanto arquitectónico como gastronómico pero es evidente que no es el autóctono de la isla.

 

  

La Isla cuenta con el aeropuerto de Papeete y con 4 a 12 vuelos de LAN Chile que la comunican con la ciudad de Santiago (5 horas). Dispone también de un hospital, servicio telefónico, conexión a Internet, tiendas de tornaviajes, discotecas, alquiler de coches y agencias que ofrecen excursiones con guías con una duración que oscila entre dos o tres horas y dos días para visitar restos arqueológicos y asistir a fiestas típicas. Aualmente, las autoridades locales organizan un festival de la canción para promocionar las llegadas de turistas en temporada baja (entre octubre y noviembre) cuya finalidad consiste en rescatar las tradiciones culturales y musicales de Rapa Nui dando un espacio a la creación moderna.

Foto de Francisco Muñoz Escalona
El marino holandés Roggeveen, capitán de un barco ballenero, descubrió Isla de Pascua el 5 de abril de 1722, coincidiendo con la celebración de Pascua de Resurrección. De esta forma, la pequeña isla polinésica entró en contacto con el mundo europeo, ilustrado y civilizado del siglo XVIII bajo unas señas de identidad extrañas a las que en ese momento tenía desde que en el siglo V d. C. fue tomada por un contingente de cien polinésicos al mando de Hotu Matu’a.

 

Desde entonces se llamó Rapa Nui y, dadas las distancias, vivió aislada del resto del mundo hasta que, trece siglos después llegó el holandés Roggeveen. La cultura de origen polinésico había experimentado cambios graduales y adoptó formas originales tanto en el orden de las creencias como en las formas de vida. La unidad social básica era la familia extensa porque incluía abuelos, padres e hijos. La lengua era la Kananga Raoa Nui y la escritura, aun no descifrada, de uso ceremonial, el Rongo Rongo, de raíz polinésica

 

Roggeveen dio a la isla dos nombres holandeses, Paaschen y Oster Eilandt, arrinconando de esta forma el topónimo de los residentes, Rapa Nui. El virrey español del Perú envió años más tarde una expedición formada por el navío San Lorenzo y la fragata Rosalía al mando de Felipe González. La flotilla salió del puerto del Callao el 10 de octubre de 1770. González tomó posesión de la isla en nombre de España y a partir de entonces se llamó San Carlos.

 

Poco después, el capitán Cook desembarcó en Rapa Nui, año 1774, procediendo al tercer expolio de su patrimonio en su aun corta vida abierta a la civilización occidental. Le siguió el francés La Perouse, quien llegó en abril de 1786, fecha en la que la isla ya era territorio chileno si hemos de creer lo que dice Juan Ignacio Molina en su Historia natural de Chile, publicada en Bolonia en 1782, año en el que Chile pertenecía aun a la Corona de España por estar sometido al Virreinato de Perú.

 

Beechey estuvo en Rapa Nui en 1825. En 1864 llegan los primeros misioneros católicos procedentes de Tahití y Valparaíso. Se fundaron entonces dos misiones, la de Vaihu y la de Hanga Roa, utilizando para ello dos topónimos autóctonos, en terrenos adquiridos a los isleños por la iglesia católica de Tahiti. La sobreexplotación de los recursos naturales de Rapa Nui comenzó en 1868, año en que se introdujo una numerosa cabaña de ganado lanar propiedad de empresas europeas, las cuales trocaron a los isleños sus terrenos por mercaderías y alimentos de origen exterior.

 

La corbeta chilena O’ Higgins hizo dos viajes a Rapa Nui en 1870 y 1875. En 1888 tuvo lugar el llamado “acuerdo de voluntades” entre los representantes de la isla y una comisión del gobierno de la República de Chile presidido por Policarpo Toro. Rapa Nui quedó anexionada a Chile en el marco de una situación especialmente conflictiva debido a las posesiones de la iglesia y de las empresas ganaderas francesas, inglesas y escocesas. El derecho de propiedad fue a partir de este momento el contencioso que alteró la vida de los isleños.

 

 

Foto de Francisco Muñoz Escalona
Las peregrinaciones a Santiago sufrieron un retroceso a partir del siglo XIX después de haber logrado remontar la crisis originada por la Reforma. Sin embargo, desde hace medio siglo, Santiago de Compostela y el Camino Francés ha sabido recuperar progresivamente el esplendor propio de los tiempos pasados.

 

Martes, 29 de Abril de 2014 10:06

La Primera Guía turística (I)

por Francisco Muñoz Escalona

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Desde la inventio del Sepulcro del Apostol en Iria Flavia (812 - 814), el Camino de Santiago fue durante muchos siglos una realidad histórica, geográfica, cultural, social, religiosa y hasta política que gozó de una muy intensa presencia en la vida de los europeos de toda condición. No solo todos los papas sin excepción, también los abades de monasterios y los monarcas de la cristiandad distinguieron al Camino con su más encendido reconocimiento y lo hicieron objeto de la más alta e integral protección.

 

 

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Las dos primeras guías turísticas fueron editadas por el alemán Karl Baedeker (1935) y por el inglés John Murray (1936). Se distinguían estas dos guías pioneras de las precedentes en que solo informaban de datos objetivos absteniéndose de aportar las opiniones personales del autor. Sin embargo, en 1939 se publicó en Londres una guía que llegó a hacerse tan famosa como las dos anteriores, pero nadie le concedió el calificativo de turística.

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¿Cómo medio de información? Sí, en efecto. Incluso como medio de propaganda viene siendo usado el turismo. Pero muy especialmente como medio de promoción de un sinfín de mercancías. El turismo tiene un potencial que no se agota en sí mismo, ni siquiera en sus efectos más conocidos. Se usa el turismo como vehículo para conseguir la tan ansiada paz entre los pueblos de la Tierra, como mecanismo de generación de empleo, riqueza y desarrollo económico, como forma de proteger los patrimonios natural y cultural y como un largo y abundante etcétera.

 

 

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Uno de los temas más debatidos entre los turisperitos es el de la edad del turismo. Mientras que para unos el turismo existe desde que existe la especie humana para otros el turismo es cosa reciente. Mientras que para los primeros el turismo tendría dos millones y medio de años para los segundos tiene poco más de medio siglo. Mientras para aquellos el turismo consiste en desplazarse por el territorio, algo así como lo que hacen los nómadas, pare estos el turismo supone la existencia de una compleja industria al servicio de una demanda masiva, la de los vacacionistas. Hay quienes acuden a la antropología y hasta a los idiomas semitas para proponer tesis harto sofisticadas sobre la aparición del turismo. Ante tanta diversidad de criterios poco podría hacerse para poner de acuerdo a unos y otros sobre la época en la que surge el turismo.

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